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El espejo roto de la moda latinoamericana

Actualizado: hace 18 horas

Cuando el título ya no alcanza y el mercado no espera

Por Natalie Schiaverano


Hay una escena que se repite con una regularidad casi cómica en los últimos años: una joven egresada de un programa certificado por Condé Nast, con su diploma digital enmarcado y su portafolio cuidadosamente curado, enviando su décima postulación del mes sin obtener respuesta. No es falta de talento. No es falta de formación. Es que el ecosistema para el que se preparó ya no existe de la misma manera, y nadie se lo dijo a tiempo. El problema no es de la istitución en si, mas bien es: como nosotros le damos valor, o se lo quitamos con la imperiosa necesidad e injusta de desvalorizar o catalogar lo nuestro.




La industria de la moda en América Latina está atravesando una de sus transformaciones más profundas y menos discutidas. No se habla de ella en los paneles de las semanas de moda, no aparece en los currículums de los programas de certificación y difícilmente se menciona en las redacciones que aún sobreviven. Pero está ahí, silenciosa y contundente: el modelo tradicional de formación y acceso al mercado laboral en moda se está cayendo a pedazos, y en su lugar emerge algo que todavía no tiene nombre claro pero que ya tiene cara, voz y audiencia propia.


El prestigio como producto


Durante décadas, instituciones como Condé Nast College of Fashion & Design, o sus derivados y franquicias que llegaron en distintas formas a la región, funcionaron como guardianes de un relato: existía una manera correcta de entrar a la moda, y esa manera tenía logo, arancel y lista de espera. El valor de esas certificaciones no residía tanto en el contenido como en la señal que enviaban: "yo pertenezco a este mundo, alguien me avaló".


El problema es que ese mundo cambió y el aval perdió peso. Las redacciones se achicaron, las marcas internacionalizaron sus equipos creativos, y las agencias empezaron a buscar perfiles que no estaban en ningún programa de formación tradicional: personas que entendieran de comunidad, de cultura digital, de narrativa visual en formatos que un editor de los 90 ni imaginaría. El certificado no vino con actualización automática.


Hoy, en mercados como el mexicano, el colombiano o el argentino, la demanda de puestos de trabajo en el sector formal de la moda es estructuralmente baja comparada con la cantidad de profesionales formados para ocuparlos. No es una crisis coyuntural: es una asimetría que lleva años construyéndose y que los programas educativos del sector prefirieron ignorar mientras el negocio de la formación era redituable.


Lo que nadie contrató pero todos leen


Mientras tanto, algo completamente distinto estaba pasando afuera de las aulas. Editores independientes que empezaron con un blog y una cámara prestada construyeron referencias editoriales que hoy tienen más influencia real sobre el consumo y la cultura de moda regional que muchas publicaciones con décadas de historia. Directores creativos que se formaron solas, combinando referencias, ensayo y error, y una comprensión visceral de sus audiencias locales, están trabajando para marcas que antes solo miraban hacia Europa o Estado Unidos, como brújula estética.


El surgimiento de estas voces no es un fenómeno marginal ni una tendencia pasajera. Es la respuesta orgánica de una industria que el modelo formal dejó sin representación durante demasiado tiempo. La moda latinoamericana que importa hoy —la que genera conversación, la que mueve aguja cultural, la que exporta imágenes con identidad propia— en gran parte no vino de ningún programa certificado. LLegaron de personas que decidieron hacer sin pedir permiso. Esto no es un elogio al autodidactismo romántico ni una invitación a desestimar la formación rigurosa. Es un diagnóstico:¿Los sistemas de certificación no han sabido leer el territorio, o el territorio los dejó atrás?


El nuevo formato no tiene manual


Lo que está emergiendo en los espacios de moda latinoamericanos es un modelo híbrido, desordenado y extraordinariamente vital. Publicaciones digitales con estructuras editoriales mínimas pero criterios curatoriales sólidos. Proyectos que combinan consultoría de marca, producción de contenido y comunidad en una misma propuesta. Fotógrafos, estilistas y redactores que trabajan en red, sin pertenecer a ninguna estructura fija, construyendo reputación por acumulación de trabajo visible.

Este formato no tiene manual porque todavía se está escribiendo. Y esa es, precisamente, su mayor fortaleza y su mayor fragilidad al mismo tiempo. Sin estructuras que lo sostengan, depende de la energía individual de quienes lo habitan. Sin modelos de negocio claros, convive permanentemente con la precariedad. Pero también, sin las jerarquías del modelo anterior, permite que lleguen voces que antes hubieran sido filtradas en la primera etapa de selección de cualquier programa de élite.


Lo que la industria le debe a quienes entran


El problema no es que las certificaciones existan. El problema es que se vendieron como llaves de acceso a un mercado que no creció en proporción a la cantidad de llaves emitidas. Y nadie, hasta ahora, ha tenido la incomodidad de decirlo con claridad. Entoces, estamos frente a nuevos paradigmas dentro de nuestra región.





 
 
 

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